viernes, 3 de agosto de 2012

Instintos bajo la piel (parte 4)


Al retirarse de la habitación la madre superior echó llave por fuera, lo que me dejaba completamente aislada, me dijo que solo tomaría una comida en todo el día y que mis cosas serían tiradas a la basura, pues ninguna mujer debe ocultar su belleza detrás de un payaso lleno de maquillaje, <<espero el castigo fuera suficiente para no volverlo a hacer>>. ¿Cómo podría repetirlo? Ella me había quitado todo lo que me hacía diferente a esas momias, lo que me tranquilizó fue que recordé que tengo permitido visitar a mi padres un fin de semana al mes, y podría rehacerme de cosas nuevas, por fortuna no descubrió la pequeña loción que guardé en el morral del rosario, lo saqué en seguida y lo guardé entre mis cosas.

            Pasaba el tiempo, y yo encerrada, sin poder hacer nada, intenté dormir pero era imposible, pensé en quitarme el hábito y ponerme más cómoda, pero si iban a verme por cualquier situación y me veían sin él, estoy segura que el castigo aumentaría. De entre mis cosas encontré un libro que hacía mucho no leía y que me había llevado al convento precisamente para los días en que me sintiera aburrida. Tenía una marca en una de las páginas del centro, me imagino ahí me quedé la última vez que lo leí, que si no me equivoco fue hace un poco más de dos años. Comencé desde cero la lectura, me encanta la manera de relatar de la autora. No es un libro grande, tiene un tamaño promedio. Recuerdo la primera vez que lo leí, yo desea ser la protagonista, y que mi historia fuera algo similar a la de ella, no sé lo habré conseguido, pero al menos sé que ese libro marcó mi vida para siempre, y no solo por haberlo leído en esa ocasión, más adelante les contaré porqué. El libro se titula “Cumbres borrascosas” de Emily Brontë. Inicié mi lectura, al decir verdad, habían cosas que ya no recordaba, me haría bien volverlo a leer, aunque tal vez también debería ser a escondidas, no vaya a ser que alguna de las otras chicas lo conozcan y sepan de qué habla, seguro de pecadora no me bajarían, que bueno, no estarían mintiendo, pero en ese momento no debían pensarlo.

            El tiempo pasó relativamente rápido, cuando menos lo esperaba escuché que intentaban abrir la puerta, metí de prisa el libro debajo de la sábana y tomé el rosario, tenía que aparentar que estaba arrepentida. <<Es hora de comer>> me dijo Ximena abriendo la puerta.
-Es una pena lo de esta mañana. – Me dijo ella – En verdad lo lamento.
-No te preocupes, las cosas pasan por algo – le respondí.
-Espero no se te esté haciendo pesado el día, estar encerrada en un lugar tan pequeño no es fácil.
-Estoy bien, he aprovechado el tiempo para pensar un poco, siempre es necesario – Añadí.
-Claro, eso me da mucho gusto. – De pronto se puso algo seria, lanzó un suspiro hondo, clavó su mirada en el suelo y juntó sus manos sobre sus piernas. –Respecto a lo de anoche…
-No pasa nada, nadie lo sabrá, y no volverá a ocurrir – La interrumpí. –Te pido una disculpa, yo fui quien lo busco.
-Fuimos las dos, de otro modo no habría ocurrido nada. Pero debo agradecerte, ahora me siento muy contenta, me siento entera. No quiero decir que quiera repetirlo, pero sí me alegra que haya sucedido. Esta mañana estuve a punto de confesarlo al sacerdote, pero no lo hice, no tuve el valor.

Cuando me dijo que pensó confesarlo a él, la piel se me erizó, me puse muy nerviosa, y creo que no pude disimularlo.
-No le digas nada, espera un tiempo, hay que estar listas para decirlo. – Le sugerí.
-Este domingo son las confesiones después de la misa, tal vez ese día sea el indicado. –respondió muy tranquila – Pero descuida, él no sabrá que fuiste tú, a menos que también tú lo confieses.

            Yo no estaba loca como para confesarlo, no sé de qué manera se lo relataría, si le dice que fue con su compañera de cuarto, en automático sabría que era yo, y entonces sí, todo se había echado a perder. Cuando terminé mi comida Ximena se marchó, prometiéndome volver antes de que cayera la noche. Creo que nunca había tardado tanto en comer, pero cada bocado me hacía pensar en lo que podría pasar, incluso cuando se fue, seguí pensando en eso. Tal vez lo mejor sería dejar de fingir y dejar el convento, o tal vez esperar. Nunca he sido muy paciente, regularmente tomo decisiones sin pensar, pero ese día tenía muchas horas para hacerlo. Decidí esperar, y ver qué sucedía la siguiente noche.

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