Al retirarse
de la habitación la madre superior echó llave por fuera, lo que me dejaba
completamente aislada, me dijo que solo tomaría una comida en todo el día y que
mis cosas serían tiradas a la basura, pues ninguna mujer debe ocultar su
belleza detrás de un payaso lleno de maquillaje, <<espero el castigo
fuera suficiente para no volverlo a hacer>>. ¿Cómo podría repetirlo? Ella
me había quitado todo lo que me hacía diferente a esas momias, lo que me
tranquilizó fue que recordé que tengo permitido visitar a mi padres un fin de
semana al mes, y podría rehacerme de cosas nuevas, por fortuna no descubrió la
pequeña loción que guardé en el morral del rosario, lo saqué en seguida y lo
guardé entre mis cosas.
Pasaba el tiempo, y yo encerrada,
sin poder hacer nada, intenté dormir pero era imposible, pensé en quitarme el
hábito y ponerme más cómoda, pero si iban a verme por cualquier situación y me
veían sin él, estoy segura que el castigo aumentaría. De entre mis cosas
encontré un libro que hacía mucho no leía y que me había llevado al convento
precisamente para los días en que me sintiera aburrida. Tenía una marca en una
de las páginas del centro, me imagino ahí me quedé la última vez que lo leí,
que si no me equivoco fue hace un poco más de dos años. Comencé desde cero la
lectura, me encanta la manera de relatar de la autora. No es un libro grande,
tiene un tamaño promedio. Recuerdo la primera vez que lo leí, yo desea ser la
protagonista, y que mi historia fuera algo similar a la de ella, no sé lo habré
conseguido, pero al menos sé que ese libro marcó mi vida para siempre, y no
solo por haberlo leído en esa ocasión, más adelante les contaré porqué. El
libro se titula “Cumbres borrascosas” de Emily Brontë. Inicié mi lectura, al
decir verdad, habían cosas que ya no recordaba, me haría bien volverlo a leer,
aunque tal vez también debería ser a escondidas, no vaya a ser que alguna de
las otras chicas lo conozcan y sepan de qué habla, seguro de pecadora no me
bajarían, que bueno, no estarían mintiendo, pero en ese momento no debían
pensarlo.
El tiempo pasó relativamente rápido,
cuando menos lo esperaba escuché que intentaban abrir la puerta, metí de prisa
el libro debajo de la sábana y tomé el rosario, tenía que aparentar que estaba
arrepentida. <<Es hora de comer>> me dijo Ximena abriendo la
puerta.
-Es una pena
lo de esta mañana. – Me dijo ella – En verdad lo lamento.
-No te
preocupes, las cosas pasan por algo – le respondí.
-Espero no se
te esté haciendo pesado el día, estar encerrada en un lugar tan pequeño no es
fácil.
-Estoy bien,
he aprovechado el tiempo para pensar un poco, siempre es necesario – Añadí.
-Claro, eso me
da mucho gusto. – De pronto se puso algo seria, lanzó un suspiro hondo, clavó
su mirada en el suelo y juntó sus manos sobre sus piernas. –Respecto a lo de
anoche…
-No pasa nada,
nadie lo sabrá, y no volverá a ocurrir – La interrumpí. –Te pido una disculpa,
yo fui quien lo busco.
-Fuimos las
dos, de otro modo no habría ocurrido nada. Pero debo agradecerte, ahora me
siento muy contenta, me siento entera. No quiero decir que quiera repetirlo,
pero sí me alegra que haya sucedido. Esta mañana estuve a punto de confesarlo
al sacerdote, pero no lo hice, no tuve el valor.
Cuando
me dijo que pensó confesarlo a él, la piel se me erizó, me puse muy nerviosa, y
creo que no pude disimularlo.
-No le digas
nada, espera un tiempo, hay que estar listas para decirlo. – Le sugerí.
-Este domingo
son las confesiones después de la misa, tal vez ese día sea el indicado. –respondió
muy tranquila – Pero descuida, él no sabrá que fuiste tú, a menos que también
tú lo confieses.
Yo no estaba loca como para
confesarlo, no sé de qué manera se lo relataría, si le dice que fue con su
compañera de cuarto, en automático sabría que era yo, y entonces sí, todo se
había echado a perder. Cuando terminé mi comida Ximena se marchó, prometiéndome
volver antes de que cayera la noche. Creo que nunca había tardado tanto en
comer, pero cada bocado me hacía pensar en lo que podría pasar, incluso cuando
se fue, seguí pensando en eso. Tal vez lo mejor sería dejar de fingir y dejar
el convento, o tal vez esperar. Nunca he sido muy paciente, regularmente tomo
decisiones sin pensar, pero ese día tenía muchas horas para hacerlo. Decidí
esperar, y ver qué sucedía la siguiente noche.
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