Yo vivía en
un tranquilo pueblo, un hermoso pueblo. Aquí toda la gente era amiga de todos,
no habían secretos, a pesar de esa disimulada amistad que había, los chismes y
los rumores eran siempre muy fuertes, principalmente cuando salíamos a lavar al
río. Un río maravilloso, ahí el agua llegaba perfectamente limpia, como recién
nacida, el Sol nos tocaba con sus rayos cada día. Era muy cómodo ir a lavar, en
especial porque te enterabas de todo, que si Jacinto le pegó a Josefina, que si
Josefina se acostó con Carlitos. Ese Carlitos era un pícaro, no había mujer que
no quisiera compartir al menos una noche con él. Tenía una fisonomía casi
perfecta, alto y de piel clara, al caminar por el pueblo se sentía su
presencia, y eso que solo tenía 24 años, no me quiero imaginar más grande. Se
dice por ahí que había tenido varias noviecillas y que ya tenía hijos, otras,
las envidiosas les decía yo, decían que era gay, nadie se explicaba cómo un
hombre tan perfecto hubiera decidido dedicar su vida a Dios. No yo lo entendía,
no debería decirlo, pero tenía un cuerpo perfecto, amaba los deportes, y cada
día salía a correr. Las mujercitas, las más chicas principalmente se asomaban
para verlo. “¡Qué piernas!, ¡Qué nalgas! ¡Qué hombre!” decían todas. Era
incluso divertido.
Nunca se le
conoció nada, sus padres eran muy reservados en cuanto a su hijo, solo nos
decían “A él lo llamó Dios para servir a él y no a las mujeres”, y se enojaban
horrible cuando le insinuaban que fuera homosexual “Mi hijo es un ser de Dios,
¿cómo te atreves a intentar manchar su prestigio de esa manera?” decían, y les
corrían de su casa. Una familia brava, tenían una hija, no tan hermosa como el
hermano, de hecho nadie de la familia se parecía a él. Además él no realizaba
trabajo de pueblo, jamás lo vi agarrar la yunta, o salir temprano para ayudar a
su padre, siempre metido en casa, estudiando, o leyendo. Las chicas que se le
acercaban, se sentían afortunadas si les hablaba, era bastante serio, pero
agradable. Era de esas personas que no te incomodan si están callados.
Yo, una
mujer de pueblo, dicen que muy bella, también lo pretendía, era tan guapo que
soñaba con tenerlo conmigo, claro que yo solo tenía 18 años, y mi padre quería
entregarme de blanco. No sé porqué nadie en el pueblo lo hacía, de hecho habían
quienes decían “Tan chiquita y ya se les quedó”, yo no pensaba así, yo quería
que ese sacerdote fuera mi dueño, aunque estaba segura que no sería posible
nunca dejé de soñar. Me enamoré perdidamente, pero en silencio, si mi padre se
enteraba, lo mata o peor aún me mata a mí. Mi familia es de dinero, yo por
supuesto soy la heredera de todo, así que le conviene a mi padre que me case,
pero no fue así, yo decidí dedicar mi vida a Dios, y no porque yo en verdad
creyera en Dios, mi familia no lo hacía, sino porque yo quería acercarme al
sacerdote, y fue la única manera que se me ocurrió. Mi padre intentó convencerme
de mil maneras para que le diera descendencia, pero yo me negué, y a los 18
años entré al seminario.
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