viernes, 20 de julio de 2012

Instintos bajo la piel (Parte 1)


Yo vivía en un tranquilo pueblo, un hermoso pueblo. Aquí toda la gente era amiga de todos, no habían secretos, a pesar de esa disimulada amistad que había, los chismes y los rumores eran siempre muy fuertes, principalmente cuando salíamos a lavar al río. Un río maravilloso, ahí el agua llegaba perfectamente limpia, como recién nacida, el Sol nos tocaba con sus rayos cada día. Era muy cómodo ir a lavar, en especial porque te enterabas de todo, que si Jacinto le pegó a Josefina, que si Josefina se acostó con Carlitos. Ese Carlitos era un pícaro, no había mujer que no quisiera compartir al menos una noche con él. Tenía una fisonomía casi perfecta, alto y de piel clara, al caminar por el pueblo se sentía su presencia, y eso que solo tenía 24 años, no me quiero imaginar más grande. Se dice por ahí que había tenido varias noviecillas y que ya tenía hijos, otras, las envidiosas les decía yo, decían que era gay, nadie se explicaba cómo un hombre tan perfecto hubiera decidido dedicar su vida a Dios. No yo lo entendía, no debería decirlo, pero tenía un cuerpo perfecto, amaba los deportes, y cada día salía a correr. Las mujercitas, las más chicas principalmente se asomaban para verlo. “¡Qué piernas!, ¡Qué nalgas! ¡Qué hombre!” decían todas. Era incluso divertido.

Nunca se le conoció nada, sus padres eran muy reservados en cuanto a su hijo, solo nos decían “A él lo llamó Dios para servir a él y no a las mujeres”, y se enojaban horrible cuando le insinuaban que fuera homosexual “Mi hijo es un ser de Dios, ¿cómo te atreves a intentar manchar su prestigio de esa manera?” decían, y les corrían de su casa. Una familia brava, tenían una hija, no tan hermosa como el hermano, de hecho nadie de la familia se parecía a él. Además él no realizaba trabajo de pueblo, jamás lo vi agarrar la yunta, o salir temprano para ayudar a su padre, siempre metido en casa, estudiando, o leyendo. Las chicas que se le acercaban, se sentían afortunadas si les hablaba, era bastante serio, pero agradable. Era de esas personas que no te incomodan si están callados.

Yo, una mujer de pueblo, dicen que muy bella, también lo pretendía, era tan guapo que soñaba con tenerlo conmigo, claro que yo solo tenía 18 años, y mi padre quería entregarme de blanco. No sé porqué nadie en el pueblo lo hacía, de hecho habían quienes decían “Tan chiquita y ya se les quedó”, yo no pensaba así, yo quería que ese sacerdote fuera mi dueño, aunque estaba segura que no sería posible nunca dejé de soñar. Me enamoré perdidamente, pero en silencio, si mi padre se enteraba, lo mata o peor aún me mata a mí. Mi familia es de dinero, yo por supuesto soy la heredera de todo, así que le conviene a mi padre que me case, pero no fue así, yo decidí dedicar mi vida a Dios, y no porque yo en verdad creyera en Dios, mi familia no lo hacía, sino porque yo quería acercarme al sacerdote, y fue la única manera que se me ocurrió. Mi padre intentó convencerme de mil maneras para que le diera descendencia, pero yo me negué, y a los 18 años entré al seminario. 

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