viernes, 20 de julio de 2012

Instintos bajo la piel (Parte 2)


Las noches en el seminario eran interminables, oscuras, y muy estrictas, mis padres me visitaban una vez a la semana y yo los visitaba los fines. Las monjas siempre fueron muy lindas conmigo, en especial una, creo que era lesbiana, le encantaba estar conmigo y me decía “qué lástima que estés tan bella y que no serás para nadie”. Eso creía ella, mi objetivo estaba claro. Me miraba al dormir, por desgracia compartíamos habitación. Cuando me desnudaba, me comía con los ojos, me daban ganas de gritarle que me dejara de mirar, que yo no era como ella, pero decidí dejarla que me viera, después de que me di cuenta que ella tenía cierto acceso al sacerdote. Empecé a tratarla bonito, y le hice creer que era su amiga, por favor, ¿yo su amiga?, bueno, solo intenté hacerlo. Pasaban los días, y me di cuenta que ella cada vez me deseaba más, lo que me provocó infinitamente. En una ocasión la encontré con metida en mi ropa interior, juraba que era porque creía haber visto una suya ahí mismo, sí cómo no. Pero le hice ver que no había problema, incluso la dejé entrar a la regadera conmigo, yo tenía que conseguir a como me diera lugar acceso a él, y la única manera era ella, las demás monjas no me lo permitían, pues yo era “la nueva”, así que ella era mi única carta por jugar.
Confieso haberla provocado en muchas ocasiones, hasta que me hiciera acompañarla y acercarme al sacerdote, pero era inútil. Muchas veces me metí a su cama desnuda o con muy poca ropa y le pedía me abrazara porque tenía miedo, ajá, miedo. Claro que no, solo quería excitarla hasta el punto que me necesitara, y hacerla dependiente a mí, pero sus principios eran muy fuertes, y tardé mucho hasta lograr que eso pasara, y como siempre, tuve que ser yo quien tomara la iniciativa. Me metí a su cama, con apenas ropa interior, ella ya acostumbrada, me dejó entrar, así que esperé unos minutos, los suficientes para que uno imaginara que el otro está dormido, comencé a acariciar su cuerpo, y ella se quedó muda, no dijo nada, ni se movió, imagino que quería que yo pensara que estaba dormida, así que comencé a respirar en su cuello, y a besarla suavemente, haciendo ligeros ruidos con mi respiración, para que me creyera excitada. Sentí su piel temblar, se comenzó a poner muy dura, y su respiración cada vez era más fuerte. Mi quité la ropa interior, y le desnudé la espalda, puse cuidadosamente mis senos en ella, y seguí tocándola, hasta llegar al centro. “No hagas esto, por favor, detente” dijo en voz baja. Pero no lo hice, y seguí hasta que logré convencerla. Ella estaba muy húmeda, “Qué afortunada sería yo, si fuera hombre” pensaba, tenía un cuerpo hermoso. Por fin cedió y me siguió, no puedo negar que fue una noche buena, y al final, conseguí lo que quería. Al otro día a primera hora me pidió acompañarla a dejar las cartas del sacerdote. No podía creerlo, fingí estar tranquila, y la acompañé.

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