Las noches
en el seminario eran interminables, oscuras, y muy estrictas, mis padres me
visitaban una vez a la semana y yo los visitaba los fines. Las monjas siempre
fueron muy lindas conmigo, en especial una, creo que era lesbiana, le encantaba
estar conmigo y me decía “qué lástima que estés tan bella y que no serás para
nadie”. Eso creía ella, mi objetivo estaba claro. Me miraba al dormir, por
desgracia compartíamos habitación. Cuando me desnudaba, me comía con los ojos,
me daban ganas de gritarle que me dejara de mirar, que yo no era como ella,
pero decidí dejarla que me viera, después de que me di cuenta que ella tenía
cierto acceso al sacerdote. Empecé a tratarla bonito, y le hice creer que era
su amiga, por favor, ¿yo su amiga?, bueno, solo intenté hacerlo. Pasaban los
días, y me di cuenta que ella cada vez me deseaba más, lo que me provocó
infinitamente. En una ocasión la encontré con metida en mi ropa interior,
juraba que era porque creía haber visto una suya ahí mismo, sí cómo no. Pero le
hice ver que no había problema, incluso la dejé entrar a la regadera conmigo,
yo tenía que conseguir a como me diera lugar acceso a él, y la única manera era
ella, las demás monjas no me lo permitían, pues yo era “la nueva”, así que ella
era mi única carta por jugar.
Confieso haberla provocado en muchas ocasiones,
hasta que me hiciera acompañarla y acercarme al sacerdote, pero era inútil.
Muchas veces me metí a su cama desnuda o con muy poca ropa y le pedía me
abrazara porque tenía miedo, ajá, miedo. Claro que no, solo quería excitarla
hasta el punto que me necesitara, y hacerla dependiente a mí, pero sus
principios eran muy fuertes, y tardé mucho hasta lograr que eso pasara, y como
siempre, tuve que ser yo quien tomara la iniciativa. Me metí a su cama, con
apenas ropa interior, ella ya acostumbrada, me dejó entrar, así que esperé unos
minutos, los suficientes para que uno imaginara que el otro está dormido, comencé
a acariciar su cuerpo, y ella se quedó muda, no dijo nada, ni se movió, imagino
que quería que yo pensara que estaba dormida, así que comencé a respirar en su
cuello, y a besarla suavemente, haciendo ligeros ruidos con mi respiración,
para que me creyera excitada. Sentí su piel temblar, se comenzó a poner muy
dura, y su respiración cada vez era más fuerte. Mi quité la ropa interior, y le
desnudé la espalda, puse cuidadosamente mis senos en ella, y seguí tocándola,
hasta llegar al centro. “No hagas esto, por favor, detente” dijo en voz baja.
Pero no lo hice, y seguí hasta que logré convencerla. Ella estaba muy húmeda,
“Qué afortunada sería yo, si fuera hombre” pensaba, tenía un cuerpo hermoso.
Por fin cedió y me siguió, no puedo negar que fue una noche buena, y al final,
conseguí lo que quería. Al otro día a primera hora me pidió acompañarla a dejar
las cartas del sacerdote. No podía creerlo, fingí estar tranquila, y la
acompañé.
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