viernes, 3 de agosto de 2012

Instintos bajo la piel (parte 4)


Al retirarse de la habitación la madre superior echó llave por fuera, lo que me dejaba completamente aislada, me dijo que solo tomaría una comida en todo el día y que mis cosas serían tiradas a la basura, pues ninguna mujer debe ocultar su belleza detrás de un payaso lleno de maquillaje, <<espero el castigo fuera suficiente para no volverlo a hacer>>. ¿Cómo podría repetirlo? Ella me había quitado todo lo que me hacía diferente a esas momias, lo que me tranquilizó fue que recordé que tengo permitido visitar a mi padres un fin de semana al mes, y podría rehacerme de cosas nuevas, por fortuna no descubrió la pequeña loción que guardé en el morral del rosario, lo saqué en seguida y lo guardé entre mis cosas.

            Pasaba el tiempo, y yo encerrada, sin poder hacer nada, intenté dormir pero era imposible, pensé en quitarme el hábito y ponerme más cómoda, pero si iban a verme por cualquier situación y me veían sin él, estoy segura que el castigo aumentaría. De entre mis cosas encontré un libro que hacía mucho no leía y que me había llevado al convento precisamente para los días en que me sintiera aburrida. Tenía una marca en una de las páginas del centro, me imagino ahí me quedé la última vez que lo leí, que si no me equivoco fue hace un poco más de dos años. Comencé desde cero la lectura, me encanta la manera de relatar de la autora. No es un libro grande, tiene un tamaño promedio. Recuerdo la primera vez que lo leí, yo desea ser la protagonista, y que mi historia fuera algo similar a la de ella, no sé lo habré conseguido, pero al menos sé que ese libro marcó mi vida para siempre, y no solo por haberlo leído en esa ocasión, más adelante les contaré porqué. El libro se titula “Cumbres borrascosas” de Emily Brontë. Inicié mi lectura, al decir verdad, habían cosas que ya no recordaba, me haría bien volverlo a leer, aunque tal vez también debería ser a escondidas, no vaya a ser que alguna de las otras chicas lo conozcan y sepan de qué habla, seguro de pecadora no me bajarían, que bueno, no estarían mintiendo, pero en ese momento no debían pensarlo.

            El tiempo pasó relativamente rápido, cuando menos lo esperaba escuché que intentaban abrir la puerta, metí de prisa el libro debajo de la sábana y tomé el rosario, tenía que aparentar que estaba arrepentida. <<Es hora de comer>> me dijo Ximena abriendo la puerta.
-Es una pena lo de esta mañana. – Me dijo ella – En verdad lo lamento.
-No te preocupes, las cosas pasan por algo – le respondí.
-Espero no se te esté haciendo pesado el día, estar encerrada en un lugar tan pequeño no es fácil.
-Estoy bien, he aprovechado el tiempo para pensar un poco, siempre es necesario – Añadí.
-Claro, eso me da mucho gusto. – De pronto se puso algo seria, lanzó un suspiro hondo, clavó su mirada en el suelo y juntó sus manos sobre sus piernas. –Respecto a lo de anoche…
-No pasa nada, nadie lo sabrá, y no volverá a ocurrir – La interrumpí. –Te pido una disculpa, yo fui quien lo busco.
-Fuimos las dos, de otro modo no habría ocurrido nada. Pero debo agradecerte, ahora me siento muy contenta, me siento entera. No quiero decir que quiera repetirlo, pero sí me alegra que haya sucedido. Esta mañana estuve a punto de confesarlo al sacerdote, pero no lo hice, no tuve el valor.

Cuando me dijo que pensó confesarlo a él, la piel se me erizó, me puse muy nerviosa, y creo que no pude disimularlo.
-No le digas nada, espera un tiempo, hay que estar listas para decirlo. – Le sugerí.
-Este domingo son las confesiones después de la misa, tal vez ese día sea el indicado. –respondió muy tranquila – Pero descuida, él no sabrá que fuiste tú, a menos que también tú lo confieses.

            Yo no estaba loca como para confesarlo, no sé de qué manera se lo relataría, si le dice que fue con su compañera de cuarto, en automático sabría que era yo, y entonces sí, todo se había echado a perder. Cuando terminé mi comida Ximena se marchó, prometiéndome volver antes de que cayera la noche. Creo que nunca había tardado tanto en comer, pero cada bocado me hacía pensar en lo que podría pasar, incluso cuando se fue, seguí pensando en eso. Tal vez lo mejor sería dejar de fingir y dejar el convento, o tal vez esperar. Nunca he sido muy paciente, regularmente tomo decisiones sin pensar, pero ese día tenía muchas horas para hacerlo. Decidí esperar, y ver qué sucedía la siguiente noche.

viernes, 27 de julio de 2012

Instintos bajo la piel (Parte 3)


En el convento se nos prohibía tener maquillaje, pues creían que eso era para las mujeres busconas, no lo decían de esa manera, pero yo así lo entendía. Habían algunas madres tan blancas que parecían momias, habían las que son de color amarillento, otras muy morenas, había gran diversidad de tonalidades de piel, y por supuesto un poco de maquillaje no les habría caído nada mal, pero no, era casi un delito tener al menos un labial. Yo, como es claro, no podía estar así, a pesar de mi corta edad, mi madre me había enseñado que siempre debemos estar bellas, y que es importante darnos retoques cada que los necesitemos, así que yo tenía en mi cuarto algunas cosas de bellezas, no muy llamativas, tenía más bien cosas que disimularan imperfecciones y cosas así. Tenía algún polvo, delineador, brillo para los labios, e incluso un discreto labial. Según yo son cosas que jamás imaginarían que yo tendría, en realidad hasta ese día nunca las había usado, tal vez ya me estaba acostumbrando a estar de esa manera, no lo sé. También conservaba un pequeño espejo, que era el que más odiaba, pero más usaba, lo odiaba porque cada vez, al mirarlo me daba cuenta de lo fea que me veía, pero en fin, siempre hay que sacrificar algo.

Esa mañana no podía permitirme bajo ninguna circunstancia ir natural con él, sería una equivocación, así que en cuanto salió para ducharse Ximena cerré con llave el cuarto, y saqué todas mis cosas secretes, entre ellas tenía una loción que amo. Me puse un poco de delineador, me ricé un poco las pestañas, me puse un poco de polvo, y para terminar brillo en los labios, me miré al espejo y me veía realmente hermosa y sin hacerme mucho, claro que ese horrible hábito no me ayudaba nada, pero en fin. Estaba lista para verlo, no pude resistir la tentación y guardé la loción en la bolsa donde guardaba mi rosario. Salí de la habitación, y caminé a la capilla, ese era el único sitio en donde no se nos decía nada, nada era más importante que orar, así que ahí me quedé imaginando cómo sería verlo después de tanto tiempo, cómo llamaría su atención, estaba realmente nerviosa. Después de un rato regresé a la habitación y ya estaba Ximena lista para irnos, como es evidente, intenté no verla demasiado a la cara, no fuera que notara e maquillaje y fuera de chismosa. <<Hoy te ves muy linda, como ningún otro día>> me dijo levantando mi cara con sus manos. Me morí de los nervios, estoy segura que se dio cuenta que traía maquillaje, pero no me dijo nada, solo me dijo que ya era hora.

Emocionadísima la seguí, recorrimos el pasillo general dando como siempre los buenos días a todas, yo iba con una gran sonrisa, tal vez a muchas les haya extrañado, pero ¿Cómo no iba a estar feliz? Pasamos junto a la reverenda, y la saludamos cordialmente, ella hizo lo mismo y compartió algunas palabras con Ximena, yo mientras tanto avancé algunos pasos para que no me viera fijamente. Después de unos minutos continuamos, no avanzamos ni diez pasos cuando escuché lo que menos quería oír <<Fernanda ¿puedes venir un momento?>>. Los nervios me invadieron, levanté la cara, miré a Ximena y me volví hacia atrás. <<Tú sigue, solo se queda ella>> No sabía qué sentir, si coraje, miedo, angustia o qué, en fin le dije a Ximena que la alcanzaba en seguida, y fui con la reverenda.
-Pasa Fernanda, siéntate – Me dijo muy atenta.
-Claro, ¿qué pasa? – Le pregunté temerosa y con la cabeza un poco inclinada hacia abajo.
-No pasa nada, a menos que… levanta un poco tu cabeza – respondió con una intención que me enchinó la piel, yo sabía que estaba metida en un gran lío. – ¿Tres maquillaje verdad?
-No, ¿Cómo cree usted? – añadí muy nerviosa – eso está prohibido en este lugar.
-Entonces no te molestará que me acerque a ti, y huela tu cara. – yo sentía ya el castigo sobre mí, no sabía qué responder. – Y si es maquillaje, te harás acreedora a un severo castigo.

          Se levantó de su silla y caminó hacia a mí, mis piernas temblaban, por primera vez les hice caso, ellas siempre decían “Cuando no encuentres la salida, resale al señor y él te iluminará”. Eso hice, comencé a rezar, y unos metros antes se detuvo. <<No hay necesidad de olerte, es evidente que lo traes, ¡entrégamelo!>>. Salimos de ahí, me acompañó hasta mi habitación, le pedí disculpas, le expliqué que yo no tenía idea de lo malo que era usarlo, y que como mi madre me decía que es necesario en ocasiones, pues creí que no habría dificultad. No sé si me haya creído, en fin que solo me retiró el maquillaje y me prohibió la salida de mi cuarto durante todo el día. El coraje me mataba, no era posible que haya perdido mi oportunidad, y ahora hasta mi maquillaje. Me sentía perdida, y si Ximena ya no me pedía que la acompañara, sería la muerte para mí.

viernes, 20 de julio de 2012

Instintos bajo la piel (Parte 2)


Las noches en el seminario eran interminables, oscuras, y muy estrictas, mis padres me visitaban una vez a la semana y yo los visitaba los fines. Las monjas siempre fueron muy lindas conmigo, en especial una, creo que era lesbiana, le encantaba estar conmigo y me decía “qué lástima que estés tan bella y que no serás para nadie”. Eso creía ella, mi objetivo estaba claro. Me miraba al dormir, por desgracia compartíamos habitación. Cuando me desnudaba, me comía con los ojos, me daban ganas de gritarle que me dejara de mirar, que yo no era como ella, pero decidí dejarla que me viera, después de que me di cuenta que ella tenía cierto acceso al sacerdote. Empecé a tratarla bonito, y le hice creer que era su amiga, por favor, ¿yo su amiga?, bueno, solo intenté hacerlo. Pasaban los días, y me di cuenta que ella cada vez me deseaba más, lo que me provocó infinitamente. En una ocasión la encontré con metida en mi ropa interior, juraba que era porque creía haber visto una suya ahí mismo, sí cómo no. Pero le hice ver que no había problema, incluso la dejé entrar a la regadera conmigo, yo tenía que conseguir a como me diera lugar acceso a él, y la única manera era ella, las demás monjas no me lo permitían, pues yo era “la nueva”, así que ella era mi única carta por jugar.
Confieso haberla provocado en muchas ocasiones, hasta que me hiciera acompañarla y acercarme al sacerdote, pero era inútil. Muchas veces me metí a su cama desnuda o con muy poca ropa y le pedía me abrazara porque tenía miedo, ajá, miedo. Claro que no, solo quería excitarla hasta el punto que me necesitara, y hacerla dependiente a mí, pero sus principios eran muy fuertes, y tardé mucho hasta lograr que eso pasara, y como siempre, tuve que ser yo quien tomara la iniciativa. Me metí a su cama, con apenas ropa interior, ella ya acostumbrada, me dejó entrar, así que esperé unos minutos, los suficientes para que uno imaginara que el otro está dormido, comencé a acariciar su cuerpo, y ella se quedó muda, no dijo nada, ni se movió, imagino que quería que yo pensara que estaba dormida, así que comencé a respirar en su cuello, y a besarla suavemente, haciendo ligeros ruidos con mi respiración, para que me creyera excitada. Sentí su piel temblar, se comenzó a poner muy dura, y su respiración cada vez era más fuerte. Mi quité la ropa interior, y le desnudé la espalda, puse cuidadosamente mis senos en ella, y seguí tocándola, hasta llegar al centro. “No hagas esto, por favor, detente” dijo en voz baja. Pero no lo hice, y seguí hasta que logré convencerla. Ella estaba muy húmeda, “Qué afortunada sería yo, si fuera hombre” pensaba, tenía un cuerpo hermoso. Por fin cedió y me siguió, no puedo negar que fue una noche buena, y al final, conseguí lo que quería. Al otro día a primera hora me pidió acompañarla a dejar las cartas del sacerdote. No podía creerlo, fingí estar tranquila, y la acompañé.

Instintos bajo la piel (Parte 1)


Yo vivía en un tranquilo pueblo, un hermoso pueblo. Aquí toda la gente era amiga de todos, no habían secretos, a pesar de esa disimulada amistad que había, los chismes y los rumores eran siempre muy fuertes, principalmente cuando salíamos a lavar al río. Un río maravilloso, ahí el agua llegaba perfectamente limpia, como recién nacida, el Sol nos tocaba con sus rayos cada día. Era muy cómodo ir a lavar, en especial porque te enterabas de todo, que si Jacinto le pegó a Josefina, que si Josefina se acostó con Carlitos. Ese Carlitos era un pícaro, no había mujer que no quisiera compartir al menos una noche con él. Tenía una fisonomía casi perfecta, alto y de piel clara, al caminar por el pueblo se sentía su presencia, y eso que solo tenía 24 años, no me quiero imaginar más grande. Se dice por ahí que había tenido varias noviecillas y que ya tenía hijos, otras, las envidiosas les decía yo, decían que era gay, nadie se explicaba cómo un hombre tan perfecto hubiera decidido dedicar su vida a Dios. No yo lo entendía, no debería decirlo, pero tenía un cuerpo perfecto, amaba los deportes, y cada día salía a correr. Las mujercitas, las más chicas principalmente se asomaban para verlo. “¡Qué piernas!, ¡Qué nalgas! ¡Qué hombre!” decían todas. Era incluso divertido.

Nunca se le conoció nada, sus padres eran muy reservados en cuanto a su hijo, solo nos decían “A él lo llamó Dios para servir a él y no a las mujeres”, y se enojaban horrible cuando le insinuaban que fuera homosexual “Mi hijo es un ser de Dios, ¿cómo te atreves a intentar manchar su prestigio de esa manera?” decían, y les corrían de su casa. Una familia brava, tenían una hija, no tan hermosa como el hermano, de hecho nadie de la familia se parecía a él. Además él no realizaba trabajo de pueblo, jamás lo vi agarrar la yunta, o salir temprano para ayudar a su padre, siempre metido en casa, estudiando, o leyendo. Las chicas que se le acercaban, se sentían afortunadas si les hablaba, era bastante serio, pero agradable. Era de esas personas que no te incomodan si están callados.

Yo, una mujer de pueblo, dicen que muy bella, también lo pretendía, era tan guapo que soñaba con tenerlo conmigo, claro que yo solo tenía 18 años, y mi padre quería entregarme de blanco. No sé porqué nadie en el pueblo lo hacía, de hecho habían quienes decían “Tan chiquita y ya se les quedó”, yo no pensaba así, yo quería que ese sacerdote fuera mi dueño, aunque estaba segura que no sería posible nunca dejé de soñar. Me enamoré perdidamente, pero en silencio, si mi padre se enteraba, lo mata o peor aún me mata a mí. Mi familia es de dinero, yo por supuesto soy la heredera de todo, así que le conviene a mi padre que me case, pero no fue así, yo decidí dedicar mi vida a Dios, y no porque yo en verdad creyera en Dios, mi familia no lo hacía, sino porque yo quería acercarme al sacerdote, y fue la única manera que se me ocurrió. Mi padre intentó convencerme de mil maneras para que le diera descendencia, pero yo me negué, y a los 18 años entré al seminario. 

viernes, 6 de julio de 2012

Mi largo sueño



Caminamos por el sendero que nuestra imaginación creaba, habían hermosas flores, y el canto de las aves acariciaba nuestros oídos. El Sol era brillante, y solo nos cubrían algunas ramas de los más bellos árboles. Hasta donde estábamos se lograba escuchar el sonido del río, no estaba demasiado lejano, lo que nos permitía disfrutarlo más.

Íbamos tomados de la mano, como siempre, era una experiencia maravillosa. La suavidad de tus dedos, tu calor que embriagaba mi cuerpo. Nos sentíamos seguros, completos, caminando por un camino sin gente. Hablábamos de cosas muy bellas, y reíamos en todo momento. Tenías la sonrisa más hermosa que yo he visto en toda mi vida, cuando me la mostrabas, sentía que mis rodillas se doblaban, amaba verte sonreír. Tu mirada tan coqueta pero tan tímida, eran cosas que no me permitían olvidarte, simplemente la mujer perfecta.

Como cada día, caminamos ese largo camino, platicando de diferentes cosas, algunas que te han sucedido a ti, otras a mí, pero sin jamás saber más allá de eso, pues nuestras vidas eran desconocidas aún para nosotros mismos. Terminando ese hermoso camino, llegábamos a las rocas, en donde el viento jugaba con nuestros cuerpos y nos envolvía en su canto. Recuerdo tu cabello jugar con él, a ti te molestaba, y a mí me fascinaba. Subimos por entre las rocas hasta llegar a la parte más alta, una vez allí, nos olvidábamos de todo y de todos, éramos solamente tú y yo, la colina, el mar, el viento, el cielo y las rocas. Qué maravilla, no se me ocurre una mejor manera de estar con la mujer a quien amo.

Era ya una costumbre despedirnos en ese lugar, al terminar el día, después de ver al Sol meterse, nos besábamos por largo rato, haciendo de mí, un títere del destino, enamorado de alguien que ni yo mismo estaba seguro de quién era. Cada quién iniciaba su camino, y nos perdíamos por entre las veredas. Y al día siguiente, nos volvíamos a ver, en ese camino lleno de flores, puntuales a la hora. Parecía que nos necesitáramos ya el uno al otro, como siempre yo llegaba primero, y la esperaba recargado sobre un árbol donde había pintado un corazón y donde escribí mi inicial, y dejé el espacio en blanco de ella, hasta saber con qué letra iniciaba su nombre.

Pero un día no fue como cualquiera, llegué muy puntual, la espere como cada día, y jamás llegó, me desesperé al sentir su ausencia, la busqué por todos lados “¿En dónde estás?, ¿Por qué me has dejado?” gritaba a todos los vientos. Corrí a la colina, busqué sus huellas, pero no estaba, recorrí cada centímetro del lugar, y no pude encontrarla, estaba seguro que iría, pero no fue así. Volví impaciente al árbol, prometí no marcharme de ahí hasta que volviera, pero cuando llegué a él, el corazón estaba acompletado “J” decía en la otra parte del corazón. ¿Una “J”? me decía yo sin entender nada ¿Qué quiere decir todo esto? Una “J” es todo lo que sé de ella.

Desde entonces, ella jamás volvió, y yo sigo velando cada sueño debajo de ese árbol, esperando a que ella regrese, a que vuelva a soñar conmigo.

viernes, 29 de junio de 2012

Me juzgan correctamente.



Tal vez soy fría, o soy caliente. Todos me dicen ambas cosas, ya no sé qué creerles, si estamos apenas “conociéndonos”, conociéndonos, me refiero a estar en la cama ¿Sí me explico?, bueno, en ese proceso, siempre me repiten que soy muy caliente, que no pueden pedir nada más de mí, pero después, cuando les hago entender que solo placer de una vez, me dicen que no entienden por qué soy tan fría. Tal vez ellos no se explican, cómo una mujer puede tener el poder de enamorar a un hombre con su cuerpo, no es difícil. Muchas mujeres sabemos hacerlo, pero yo he decidido explotar ese don que la Dios me dio, bueno, no sé si Dios, tal vez a él no le guste que yo sea tan puta, o tal vez sí.

Tengo que reconocer que disfruto mucho mi manera de vida, me critican, me juzgan, se burlan incluso, pero toda esa gente no tiene ni la mitad de lo que yo. No quiero decir que todo lo haya  ganado a base de acostones, aunque la mayoría sí. Yo no tengo la culpa de que los hombres den lo que sea por un cuerpo como el mía. Hace unos días una pobre anciana con el cuerpo que parecía una linda pasita blanca me empezó a sermonear, yo, por educación la escuché, y fingí interés. Nunca me dijo “Eres una pecadora y te irás al infierno” más bien utilizaba otra táctica, me decía “Hay mujeres malas, que por sus actos no se ganan el cielo”, yo sabía que todo lo que me decía era una indirecta para mí, pero yo le seguía el cuento “Es que no saben a lo que vienen a este mundo ¡caray!” le decía. Disfrutaba bastante su cara de sorprendida cuando le decía estas palabras. Y es que, la verdad, no sé si ganaré el cielo, pero por ahora siento como si lo viviera. He estado con hombres increíbles, que me hacen temblar al tenerlos entre las piernas, pero como toda una profesional no me enamoro de ninguno, de pendeja vuelvo a hacerlo.

Confieso haberlo hecho antes, pero fue hace casi seis años, ahora, ya solo obtengo de los hombres lo que quiero. Hay algunos que son de una ocasión, y otros que me gusta usar, y cada que necesito algo, ahí están, pero también hay unos que son con quienes me consuelo cuando me siento usada, y los uso yo a ellos. A los hombres les gusta el sexo, por naturaleza, no hay uno que no lo disfrute, o que no lo desee. Solo es cuestión de rozarlo con suavidad, y su cuerpo reacciona al instante. Eso sí, como una mujer con dignidad jamás utilizo mis labios para actos sexuales, a saber qué porquerías han hecho con sus miembros, además el olor me desagrada, y hay unos tan asquerosos que no les importa que estés al borde del vómito. Pero en cambio, yo he sido besada por todas los lugares que se pueden imaginar, claro que quienes lo hacen, no saben que me meto con cualquier hombre que me ofrezca algo a cambio, siempre los hago creer que soy decente, aunque en el barrio se me conozca por cascos sueltos, bueno eso dicen las mujeres decentes, yo me auto digo puta, me vendo por obtener algo a cambio. ¿Se me puede juzgar? Todos vendemos algo para sobrevivir, y regularmente es el mejor talento que tenemos, y mi mejor talento es el sexo. Es todo.

viernes, 22 de junio de 2012

Sueños en silencio.



Quisiera que el viento borrara las huellas del pasado, que se llevara con él todas esas miradas que me lastiman, y que no lo saben. Quisiera que el mundo pudiera ver no solo lo superficial, sino también lo que guardo dentro de mí, todo lo que tengo por ofrecer, todo el amor que estoy dispuesto a dar. En ocasiones, siento que todo me da vueltas, creo que todo cuando aparece en mí no son más que fantasmas que vuelven siempre con diferente rostro, a pedir siempre lo mismo. Soy un hombre, un hombre con deseos de enamorarse y de compartir con alguien momentos maravillosos e inolvidables. Hay noches en los que cierro mis ojos, y suspiro profundamente, pensando el porqué no soy como los demás, porqué no puedo buscar lo que todos buscan. <<Soy una persona especial tal vez>> me repito todo el tiempo.

Tengo la ilusión de que un día llegará ese ser especial, que esté dispuesto a compartir lo mismo que yo, que quiera vivir al mismo ritmo que yo, y no acelerar el camino. No busco sexo, aunque como cualquier hombre, lo disfruto, pero hay cosas más importantes para mí. Quiero un compañero que esté a mi lado cuando me sienta en soledad, un compañero que sea mi guía cuando me sienta perdido, alguien que sea capaz de con una sola palabra cambiar mi rumbo.

Yo no elegí ser homosexual, es algo que la vida tenía ya reservado para mí, las razones no las conozco, y no quiero conocerlas. Yo decidí aceptar mi cuerpo, y aceptar mis preferencias, a pesar de las críticas que me podría traer. Me di cuenta que era mejor soltar y dejar ser lo que tenía dentro a fingir algo que no siento. Pero es muy difícil encontrar un hombre que no vea a los demás como simples objetos sexuales. << ¡Yo no soy uno de esos! >> deseo gritarles en la cara cada que me buscan solo para eso. Entiendo que los hombres somos más temperamentales y es difícil encontrar a alguien que no piense con su entrepierna, sino con su corazón.

A lo largo de mi vida he conocido grandes seres humanos, y entre ellos, hay quienes hacen mi corazón latir, o tal vez ya no, pero en pasado era así, y no entiendo ¿Porqué en ellos no causaba lo que causo con los demás? Hay veces en las que siento solo ser yo quien lo arriesga todo, solo soy yo quien decide entregarse, y al final, me dejan solo ¿Será que no les intereso? O tal vez, vieron que yo iba más allá de lo que ellos esperaban. No lo sé, solo soy un hombre con deseos de enamorarse, con la ilusión de la próxima cita, de la próxima película, de una nueva historia.

Mi nombre es un secreto, aunque sabido por mí. Espero que el destino me esté preparando a alguien que cambie mi vida, que cree en mí una nueva ilusión y que me permita entregar  todo lo que mi cuerpo ha guardado desde la última vez que fue lastimado. No quiero cambiar nada de mí, estoy contento por lo que tengo y lo que soy, pero si la vida me trae a un ángel que cambie mi mundo, estoy dispuesto a arriesgarme.