viernes, 17 de agosto de 2012

El precio de una juventud.


    Tenía yo solo 17 años. A esa edad ¿qué te puede preocupar si no pensamos más que en el amor y el desamor? Era yo un pequeño que buscaba ser grande, que quería a toda costa vivir una vida que aún no era la que debía. Una edad en la que el vicio y la fiesta eran primordiales para mí y mis amigos, no tomábamos precauciones de nada, llegábamos a creer que entre más problemas ocasionáramos más grandes y maduros éramos, eso sí sin que nuestros padres se enteraran, sino entonces regresábamos a ser los niños berrinchudos que dependíamos de nuestras familias.

     Casi todos compartíamos la misma edad, excepto uno que solo tenía 16 y el más grande estaba solo a días de cumplir 18, por lo que teníamos una mentalidad muy similar todos, excepto el más pequeño, extrañamente era el que más nos regañaba o nos intentaba prevenir el peligro, pero como es suponer de miedoso y marica no lo bajábamos. Tal vez yo debí hacerle caso, y no solo yo, todos. Pero a esa edad ¿qué nos van a preocupar las consecuencias? Seguían siendo emociones fuertes. De los siete casi adolecentes que éramos solo habíamos dos que guardábamos la virginidad, y digo guardar porque siempre habían momentos en que podíamos perderla muy fácil. Ninguno de nosotros era feo, claro habían algunos mejor parecidos que otros, la situación económica era buena, así que no teníamos problema con las mujeres. Los otros chicos siempre nos hacían burla por lo que éramos, pero no llevábamos prisa, al decir verdad, yo disfrutaba besar a las chicas y meterles mano, pero más de ahí no me daba la gana.

     Recuerdo que un día en una fiesta de alguien que yo jamás conocí, había una chica bastante atractiva. Era una de esas fiestas donde no hay censura alguna, todos se meten lo que quieren y quien sea puede terminar con cualquiera. En esa fiesta se había planteado únicamente que no podía haber sexo en frente de los demás, para eso habían destinado algunos cuartos o incluso el baño, y entendiendo por sexo únicamente que hubiera penetración de otra manera estaba permitido. Era una locura total. Diego, que era el más joven de nosotros me pidió que nos marcháramos, que no se sentía cómodo en ese lugar. Yo le pedí que se quedara conmigo, y que no tuviera miedo. Él acepto mi propuesta, y en toda la noche no se separó de mí. De un momento a otro, sentí la mirada de alguien muy fuerte, al voltear a ver era esa chica, hermosa, de un cuerpo perfecto, y un gran escote que a cualquiera haría sudar. Yo le hice un gesto con la cara, y ella me lo correspondió, pero un hombre llegó a sus espaldas y se la llevó, tal vez fue lo mejor. Yo me sentí como un idiota, y seguí bebiendo. Uno de los chicos me ofreció una pastilla, me aseguró que con esa la pasaría de poca madre, yo la recibí sin intención de tomarla, no estaba tan loco o tan borracho. Sin embargo sí la consumí ¿Por qué? Simple, Diego me pidió que no lo hiciera. Me la tomé solo por fastidiarlo, no perdí el sentido, pero sí mi valor. Pedí otra de esas pastillas a ese chico, en esa ocasión me la cobró, fui hasta Diego, y sin que se diera cuenta la eché en su bebida.

    La noche avanzó, y yo comencé a sentir mucha excitación sexual, no sé qué me había dado con esa pastilla, pero incluso mi respiración comenzaba a aumentar. No pude evitar sentir el calor de Diego a mi lado, y me excitaba más. Yo estaba consciente de que estaba bajo la dosis de esa cosa, y que yo no era puñal, así que aguanté mis deseos en ese instante. Entre la gente vi sentada a la chica <<Es ahora o nunca>> me dije. Caminé hacia ella y le hablé, ella ya estaba algo borracha y no sé si drogada, el punto es que congeniamos a la primera, me la llevé al sillón donde estábamos Diego y yo, y prendimos un poco el ambiente. Nos besamos tanto que yo estaba extremadamente excitado, ya no podía soportarlo. Diego estaba a un lado, tocándose, cuando lo vi lo hice que se integrara a nosotros, él aceptó, ella nos jaló y nos llevó hasta una recámara, donde pasó de todo. Fue una noche realmente alocada, era mi primera vez con una mujer impresionante, y con uno de mis amigos, para él también era la primera vez. Lo hicimos tantas veces que creo después de eso terminamos siendo expertos. Ella tenía un cuerpo único, ni una marca, nada. Senos perfectos, era mayor que nosotros, tal vez unos cuatro años, por lo que en experiencia nos ganaba por mucho. Hicimos lo que ella quería que hiciéramos, incluso entre Diego y yo, pero al momento no nos importó.

     ¿Porqué les he contado esta historia? Simple, porque hoy cumplo 21 años, y desde ese día marqué mi vida para siempre. Decidí entregarme a una cualquiera, y no solo eso, hice que uno de mis mejores amigos lo hiciera también, y sin que él lo supiera, hasta hoy no he tenido el valor de confesar lo que hice. Quisiera que esa noche nunca hubiera sucedido, haberle hecho caso a Diego cuando me pedía que nos marcháramos, o que no tomara esa pastilla. Fueron muchos errores en un solo momento y ahora estoy pagando con ello. Cumplo 21 años pero también estoy siendo parte del entierro de Diego. Él nos abandonó hace algunas horas, su agonía ya no paraba, era desgarrador verlo en esa situación, situación en la que sin duda estoy condenado a vivir. ¿Preguntas de qué murió Diego? Más te habría valido no preguntar, esa noche esa mujer nos contagió de una enfermedad mortal, así es SIDA, y hoy estoy pagando las consecuencias de mis actos. Me siento arrepentido, pero sobre todo, me siento miserable al saber cuánta gente no está en mi mismo caso. ¿Cuántos no podrían prevenir si tan solo tuvieran un poco de conciencia? O tal vez solo un condón.

     Yo rezaré a Diego para que sus palabras que están pensando lleguen a él, aunque sé que me están destrozando y que estarán diciendo lo peor de mí. Me lo merezco, y me merezco este sufrimiento y mucho más, es el precio de una juventud sin límites.

viernes, 10 de agosto de 2012

Instintos bajo la piel (Parte 5)


Las horas en ese cuarto pasaban tan lentas que llegué al grado de aburrirme incluso de mí, ya no quería escucharme pensar, ya estaba cansada de idear cosas y ponerme a soñar, que era lo único que podía hacer. Por ratos tomaba mi libro, comenzaba a leerlo, unos cuantos párrafos y no entendía nada de la lectura, creo que en todo el día no logré leer ni siquiera seis páginas. Estaba completamente desesperada, no quería pensar tampoco en el sacerdote, y mucho menos en Ximena, estaba harta de todo y de todos, me recosté sobre mi cama e intenté poner mi mente en blanco, cerré mis ojos, creí que si dormía el tiempo pasaría más rápido, y así fue, creo. No me di cuenta cuando llegó Ximena, solo recuerdo haber amanecido al día siguiente con mi ropa de dormir y con las cobijas encima, lo que quería decir que Ximena lo había hecho todo. La volteé a ver y estaba completamente dormida, su cabello se veía caer sobre la almohada, y su bella figura por encima de las sábanas. Era un nuevo día, y ahora tenía que ver a qué me enfrentaría. Me puse de pié y comencé a arreglarme, no sé si el dormir me haya ayudado a aclarar mis ideas, al ponerme de pié me sentía completa, me sentía nueva y claro sentía esos deseos tremendos de tirarme al padrecito, después de todo, el castigo no funcionó.

Me fui a la ducha mientras Ximena dormía,  no quería despertarla, si ella había hecho algo por mí, yo también podría dejarla unos minutos más. Aún el convento estaba solo, me extrañó no ver a ninguna despierta, en situaciones normales, mi mente hubiera dado para hacer cualquier locura, pero en ese momento no sentí ningún deseo. Las regaderas estaban solas, nunca había estado así, me desnudé y entré al agua. Fue una ducha bastante buena, hacía tiempo no tenía una como esa, o al menos desde que entré al convento. Por primera vez sentí que mi piel se erizaba con la caída del agua, la sentí sobre mis pechos, hacia mi cintura. El agua tibia resultaba bastante excitante para mí, acaricié mi cuerpo, me atreví a sentirme en un lugar donde en cualquier momento entraría alguien. Mi mente tan pervertida comenzó a imaginar lo que sería de mí si en ese momento entrara el sacerdote, o más bien, qué sería de él. Lo llevaría conmigo, lo despojaría de sus ropas tan anticuadas y lo metería al agua. ¿Cómo actuaría él ante eso? No lo sé, tal vez me rechazara, o tal vez no, lo único cierto es que nadie me podía evitar imaginarme su cuerpo desnudo rozando con el mío, y nuestros labios… bueno, nuestros labios cruzados entre besos, mordidas y de más, mientras recorre con sus manos todo mi cuerpo. Vaya que fue un buen sueño, incluso hoy se antoja que hubiera ocurrido algo similar en algún momento. Después de algunos minutos llegó la primera, como siempre saludando muy contentas por la mañana, como si ignoraran el patético día que nos espera. En fin salí de ahí casi instantáneo, tomé mis cosas y me fui a mi habitación. En el corredor estaba la madre superiora, cuando la vi, quise esconderme debajo de la puerta más cercana, me miró y dio unos pasos hacia mí <<Me da gusto que ya estés preparándote, eso habla muy bien de ti Fernanda>>. Como si lo hubiera hecho por disciplina, la verdad es que ya no soportaba estar acostada y mucho menos encerrada en ese cuarto tan pequeño. Se dio la vuelta y se metió a las regaderas también. Ximena aún seguía en la cama, no lo entendía, siempre se levantaba antes que yo, intenté despertarla, pero no pude, estaba como una roca. Terminé de vestirme creyendo que en cualquier momento se daría cuenta entre sueños de la hora y despertaría.

Salí de la habitación en cuanto terminé mis deberes ahí, nuevamente moví un poco a Ximena para que reaccionara, pero tampoco tuve suerte. Me fui al desayuno, siempre llegaba tarde y no alcanzaba a comer bien porque tenía que estar en misa casi al instante, así que ese día lo hice antes, creo que eso de haberme levantado un poco antes me permitió estar de mejor carácter. Llegué a la cocina y apenas habían algunas, me senté algo retirado de las demás y disfruté mi desayuno, no era muy bueno, pero era eso, o aguantarme el hambre hasta el fin de semana. Yo suponía en cualquier momento llegaría Ximena, aparte su comida pero no llegó. La superior nos llamó a misa, y tuve que devolver su comida. Dentro de la iglesia era el único sitio donde amaba estar hasta atrás, ahí podía ver al resto, algunas cabeceando, otras que les ganaba el sueño durante el sermón, y otra, o sea yo, no parpadeaba ni una sola vez, si lo hacía no podría reírme de esas monjitas dormilonas que no soportaban el sueño, y lo más importante, me perdería de algunos momentos de ver a mi hombre. A él siempre se le veía entero en las ceremonias, era como si fuera medio día o algo así. Su manera de hablar era encantadora, claro que yo no ponía atención a lo que decía, sino cómo lo decía. Cuando nos acercábamos para la comunión era el momento más importante del día, era como un momento íntimo entre él y yo, solo que él no lo sabía. Creo que nunca notó la manera en que yo tomaba la ostia, la mayoría de las monjas lo hacían con la cabeza abajo, pero yo no le quitaba la mirada al padrecito. Él no me volteaba a ver, como a todas solo miraba la ostia y que entrara en la boca. En momentos me daban ganas de quitarme el hábito justo frente de él para que me mirara, pero eso sería absurdo y por supuesto me echarían de ahí.

Ximena no llegó ni a la ceremonia, eso ya era preocupante, regresé al cuarto y estaba en la misma posición en la que la había dejado, no había movido ni un músculo, me acerqué a ella e intenté animarla, una sensación rara sentí en mi cuerpo, como si me estuviera pidiendo ayuda de algún otro modo. Salí del cuarto gritando fuerte, lo más rápido que podía pidiendo ayuda, diciendo que algo le pasaba a Ximena. Algunas chicas corrieron a auxiliarla, le revisaron todo, y vieron que no reaccionaba, al parecer tenía altos grados de temperatura, corrí con la superior y le dije lo que pasaba, fue inmediatamente a la habitación y ordenó llevarla a revisión.

-No te preocupes Fernanda – Me dijo la superior. –Estará bien, solo será alguna infección.
-Claro, era un poco raro que no estuviera con nosotros. – Añadí.
-Bueno, si gustas más tarde puedes pasar a verla a la enfermería, seguro se pondrá mejor, por hoy debo encargarte la tarea que ella tiene. ¿Sabes cuál es?
Me quedé echa una momia, no podía creer lo que me estaba pidiendo, dentro de mí me alegré de que Ximena se hubiera puesto mal, una vez más gracias a ella daba un paso adelante. – Sí, claro que la sé, ahora mismo lo hago.

viernes, 3 de agosto de 2012

Instintos bajo la piel (parte 4)


Al retirarse de la habitación la madre superior echó llave por fuera, lo que me dejaba completamente aislada, me dijo que solo tomaría una comida en todo el día y que mis cosas serían tiradas a la basura, pues ninguna mujer debe ocultar su belleza detrás de un payaso lleno de maquillaje, <<espero el castigo fuera suficiente para no volverlo a hacer>>. ¿Cómo podría repetirlo? Ella me había quitado todo lo que me hacía diferente a esas momias, lo que me tranquilizó fue que recordé que tengo permitido visitar a mi padres un fin de semana al mes, y podría rehacerme de cosas nuevas, por fortuna no descubrió la pequeña loción que guardé en el morral del rosario, lo saqué en seguida y lo guardé entre mis cosas.

            Pasaba el tiempo, y yo encerrada, sin poder hacer nada, intenté dormir pero era imposible, pensé en quitarme el hábito y ponerme más cómoda, pero si iban a verme por cualquier situación y me veían sin él, estoy segura que el castigo aumentaría. De entre mis cosas encontré un libro que hacía mucho no leía y que me había llevado al convento precisamente para los días en que me sintiera aburrida. Tenía una marca en una de las páginas del centro, me imagino ahí me quedé la última vez que lo leí, que si no me equivoco fue hace un poco más de dos años. Comencé desde cero la lectura, me encanta la manera de relatar de la autora. No es un libro grande, tiene un tamaño promedio. Recuerdo la primera vez que lo leí, yo desea ser la protagonista, y que mi historia fuera algo similar a la de ella, no sé lo habré conseguido, pero al menos sé que ese libro marcó mi vida para siempre, y no solo por haberlo leído en esa ocasión, más adelante les contaré porqué. El libro se titula “Cumbres borrascosas” de Emily Brontë. Inicié mi lectura, al decir verdad, habían cosas que ya no recordaba, me haría bien volverlo a leer, aunque tal vez también debería ser a escondidas, no vaya a ser que alguna de las otras chicas lo conozcan y sepan de qué habla, seguro de pecadora no me bajarían, que bueno, no estarían mintiendo, pero en ese momento no debían pensarlo.

            El tiempo pasó relativamente rápido, cuando menos lo esperaba escuché que intentaban abrir la puerta, metí de prisa el libro debajo de la sábana y tomé el rosario, tenía que aparentar que estaba arrepentida. <<Es hora de comer>> me dijo Ximena abriendo la puerta.
-Es una pena lo de esta mañana. – Me dijo ella – En verdad lo lamento.
-No te preocupes, las cosas pasan por algo – le respondí.
-Espero no se te esté haciendo pesado el día, estar encerrada en un lugar tan pequeño no es fácil.
-Estoy bien, he aprovechado el tiempo para pensar un poco, siempre es necesario – Añadí.
-Claro, eso me da mucho gusto. – De pronto se puso algo seria, lanzó un suspiro hondo, clavó su mirada en el suelo y juntó sus manos sobre sus piernas. –Respecto a lo de anoche…
-No pasa nada, nadie lo sabrá, y no volverá a ocurrir – La interrumpí. –Te pido una disculpa, yo fui quien lo busco.
-Fuimos las dos, de otro modo no habría ocurrido nada. Pero debo agradecerte, ahora me siento muy contenta, me siento entera. No quiero decir que quiera repetirlo, pero sí me alegra que haya sucedido. Esta mañana estuve a punto de confesarlo al sacerdote, pero no lo hice, no tuve el valor.

Cuando me dijo que pensó confesarlo a él, la piel se me erizó, me puse muy nerviosa, y creo que no pude disimularlo.
-No le digas nada, espera un tiempo, hay que estar listas para decirlo. – Le sugerí.
-Este domingo son las confesiones después de la misa, tal vez ese día sea el indicado. –respondió muy tranquila – Pero descuida, él no sabrá que fuiste tú, a menos que también tú lo confieses.

            Yo no estaba loca como para confesarlo, no sé de qué manera se lo relataría, si le dice que fue con su compañera de cuarto, en automático sabría que era yo, y entonces sí, todo se había echado a perder. Cuando terminé mi comida Ximena se marchó, prometiéndome volver antes de que cayera la noche. Creo que nunca había tardado tanto en comer, pero cada bocado me hacía pensar en lo que podría pasar, incluso cuando se fue, seguí pensando en eso. Tal vez lo mejor sería dejar de fingir y dejar el convento, o tal vez esperar. Nunca he sido muy paciente, regularmente tomo decisiones sin pensar, pero ese día tenía muchas horas para hacerlo. Decidí esperar, y ver qué sucedía la siguiente noche.

viernes, 27 de julio de 2012

Instintos bajo la piel (Parte 3)


En el convento se nos prohibía tener maquillaje, pues creían que eso era para las mujeres busconas, no lo decían de esa manera, pero yo así lo entendía. Habían algunas madres tan blancas que parecían momias, habían las que son de color amarillento, otras muy morenas, había gran diversidad de tonalidades de piel, y por supuesto un poco de maquillaje no les habría caído nada mal, pero no, era casi un delito tener al menos un labial. Yo, como es claro, no podía estar así, a pesar de mi corta edad, mi madre me había enseñado que siempre debemos estar bellas, y que es importante darnos retoques cada que los necesitemos, así que yo tenía en mi cuarto algunas cosas de bellezas, no muy llamativas, tenía más bien cosas que disimularan imperfecciones y cosas así. Tenía algún polvo, delineador, brillo para los labios, e incluso un discreto labial. Según yo son cosas que jamás imaginarían que yo tendría, en realidad hasta ese día nunca las había usado, tal vez ya me estaba acostumbrando a estar de esa manera, no lo sé. También conservaba un pequeño espejo, que era el que más odiaba, pero más usaba, lo odiaba porque cada vez, al mirarlo me daba cuenta de lo fea que me veía, pero en fin, siempre hay que sacrificar algo.

Esa mañana no podía permitirme bajo ninguna circunstancia ir natural con él, sería una equivocación, así que en cuanto salió para ducharse Ximena cerré con llave el cuarto, y saqué todas mis cosas secretes, entre ellas tenía una loción que amo. Me puse un poco de delineador, me ricé un poco las pestañas, me puse un poco de polvo, y para terminar brillo en los labios, me miré al espejo y me veía realmente hermosa y sin hacerme mucho, claro que ese horrible hábito no me ayudaba nada, pero en fin. Estaba lista para verlo, no pude resistir la tentación y guardé la loción en la bolsa donde guardaba mi rosario. Salí de la habitación, y caminé a la capilla, ese era el único sitio en donde no se nos decía nada, nada era más importante que orar, así que ahí me quedé imaginando cómo sería verlo después de tanto tiempo, cómo llamaría su atención, estaba realmente nerviosa. Después de un rato regresé a la habitación y ya estaba Ximena lista para irnos, como es evidente, intenté no verla demasiado a la cara, no fuera que notara e maquillaje y fuera de chismosa. <<Hoy te ves muy linda, como ningún otro día>> me dijo levantando mi cara con sus manos. Me morí de los nervios, estoy segura que se dio cuenta que traía maquillaje, pero no me dijo nada, solo me dijo que ya era hora.

Emocionadísima la seguí, recorrimos el pasillo general dando como siempre los buenos días a todas, yo iba con una gran sonrisa, tal vez a muchas les haya extrañado, pero ¿Cómo no iba a estar feliz? Pasamos junto a la reverenda, y la saludamos cordialmente, ella hizo lo mismo y compartió algunas palabras con Ximena, yo mientras tanto avancé algunos pasos para que no me viera fijamente. Después de unos minutos continuamos, no avanzamos ni diez pasos cuando escuché lo que menos quería oír <<Fernanda ¿puedes venir un momento?>>. Los nervios me invadieron, levanté la cara, miré a Ximena y me volví hacia atrás. <<Tú sigue, solo se queda ella>> No sabía qué sentir, si coraje, miedo, angustia o qué, en fin le dije a Ximena que la alcanzaba en seguida, y fui con la reverenda.
-Pasa Fernanda, siéntate – Me dijo muy atenta.
-Claro, ¿qué pasa? – Le pregunté temerosa y con la cabeza un poco inclinada hacia abajo.
-No pasa nada, a menos que… levanta un poco tu cabeza – respondió con una intención que me enchinó la piel, yo sabía que estaba metida en un gran lío. – ¿Tres maquillaje verdad?
-No, ¿Cómo cree usted? – añadí muy nerviosa – eso está prohibido en este lugar.
-Entonces no te molestará que me acerque a ti, y huela tu cara. – yo sentía ya el castigo sobre mí, no sabía qué responder. – Y si es maquillaje, te harás acreedora a un severo castigo.

          Se levantó de su silla y caminó hacia a mí, mis piernas temblaban, por primera vez les hice caso, ellas siempre decían “Cuando no encuentres la salida, resale al señor y él te iluminará”. Eso hice, comencé a rezar, y unos metros antes se detuvo. <<No hay necesidad de olerte, es evidente que lo traes, ¡entrégamelo!>>. Salimos de ahí, me acompañó hasta mi habitación, le pedí disculpas, le expliqué que yo no tenía idea de lo malo que era usarlo, y que como mi madre me decía que es necesario en ocasiones, pues creí que no habría dificultad. No sé si me haya creído, en fin que solo me retiró el maquillaje y me prohibió la salida de mi cuarto durante todo el día. El coraje me mataba, no era posible que haya perdido mi oportunidad, y ahora hasta mi maquillaje. Me sentía perdida, y si Ximena ya no me pedía que la acompañara, sería la muerte para mí.

viernes, 20 de julio de 2012

Instintos bajo la piel (Parte 2)


Las noches en el seminario eran interminables, oscuras, y muy estrictas, mis padres me visitaban una vez a la semana y yo los visitaba los fines. Las monjas siempre fueron muy lindas conmigo, en especial una, creo que era lesbiana, le encantaba estar conmigo y me decía “qué lástima que estés tan bella y que no serás para nadie”. Eso creía ella, mi objetivo estaba claro. Me miraba al dormir, por desgracia compartíamos habitación. Cuando me desnudaba, me comía con los ojos, me daban ganas de gritarle que me dejara de mirar, que yo no era como ella, pero decidí dejarla que me viera, después de que me di cuenta que ella tenía cierto acceso al sacerdote. Empecé a tratarla bonito, y le hice creer que era su amiga, por favor, ¿yo su amiga?, bueno, solo intenté hacerlo. Pasaban los días, y me di cuenta que ella cada vez me deseaba más, lo que me provocó infinitamente. En una ocasión la encontré con metida en mi ropa interior, juraba que era porque creía haber visto una suya ahí mismo, sí cómo no. Pero le hice ver que no había problema, incluso la dejé entrar a la regadera conmigo, yo tenía que conseguir a como me diera lugar acceso a él, y la única manera era ella, las demás monjas no me lo permitían, pues yo era “la nueva”, así que ella era mi única carta por jugar.
Confieso haberla provocado en muchas ocasiones, hasta que me hiciera acompañarla y acercarme al sacerdote, pero era inútil. Muchas veces me metí a su cama desnuda o con muy poca ropa y le pedía me abrazara porque tenía miedo, ajá, miedo. Claro que no, solo quería excitarla hasta el punto que me necesitara, y hacerla dependiente a mí, pero sus principios eran muy fuertes, y tardé mucho hasta lograr que eso pasara, y como siempre, tuve que ser yo quien tomara la iniciativa. Me metí a su cama, con apenas ropa interior, ella ya acostumbrada, me dejó entrar, así que esperé unos minutos, los suficientes para que uno imaginara que el otro está dormido, comencé a acariciar su cuerpo, y ella se quedó muda, no dijo nada, ni se movió, imagino que quería que yo pensara que estaba dormida, así que comencé a respirar en su cuello, y a besarla suavemente, haciendo ligeros ruidos con mi respiración, para que me creyera excitada. Sentí su piel temblar, se comenzó a poner muy dura, y su respiración cada vez era más fuerte. Mi quité la ropa interior, y le desnudé la espalda, puse cuidadosamente mis senos en ella, y seguí tocándola, hasta llegar al centro. “No hagas esto, por favor, detente” dijo en voz baja. Pero no lo hice, y seguí hasta que logré convencerla. Ella estaba muy húmeda, “Qué afortunada sería yo, si fuera hombre” pensaba, tenía un cuerpo hermoso. Por fin cedió y me siguió, no puedo negar que fue una noche buena, y al final, conseguí lo que quería. Al otro día a primera hora me pidió acompañarla a dejar las cartas del sacerdote. No podía creerlo, fingí estar tranquila, y la acompañé.

Instintos bajo la piel (Parte 1)


Yo vivía en un tranquilo pueblo, un hermoso pueblo. Aquí toda la gente era amiga de todos, no habían secretos, a pesar de esa disimulada amistad que había, los chismes y los rumores eran siempre muy fuertes, principalmente cuando salíamos a lavar al río. Un río maravilloso, ahí el agua llegaba perfectamente limpia, como recién nacida, el Sol nos tocaba con sus rayos cada día. Era muy cómodo ir a lavar, en especial porque te enterabas de todo, que si Jacinto le pegó a Josefina, que si Josefina se acostó con Carlitos. Ese Carlitos era un pícaro, no había mujer que no quisiera compartir al menos una noche con él. Tenía una fisonomía casi perfecta, alto y de piel clara, al caminar por el pueblo se sentía su presencia, y eso que solo tenía 24 años, no me quiero imaginar más grande. Se dice por ahí que había tenido varias noviecillas y que ya tenía hijos, otras, las envidiosas les decía yo, decían que era gay, nadie se explicaba cómo un hombre tan perfecto hubiera decidido dedicar su vida a Dios. No yo lo entendía, no debería decirlo, pero tenía un cuerpo perfecto, amaba los deportes, y cada día salía a correr. Las mujercitas, las más chicas principalmente se asomaban para verlo. “¡Qué piernas!, ¡Qué nalgas! ¡Qué hombre!” decían todas. Era incluso divertido.

Nunca se le conoció nada, sus padres eran muy reservados en cuanto a su hijo, solo nos decían “A él lo llamó Dios para servir a él y no a las mujeres”, y se enojaban horrible cuando le insinuaban que fuera homosexual “Mi hijo es un ser de Dios, ¿cómo te atreves a intentar manchar su prestigio de esa manera?” decían, y les corrían de su casa. Una familia brava, tenían una hija, no tan hermosa como el hermano, de hecho nadie de la familia se parecía a él. Además él no realizaba trabajo de pueblo, jamás lo vi agarrar la yunta, o salir temprano para ayudar a su padre, siempre metido en casa, estudiando, o leyendo. Las chicas que se le acercaban, se sentían afortunadas si les hablaba, era bastante serio, pero agradable. Era de esas personas que no te incomodan si están callados.

Yo, una mujer de pueblo, dicen que muy bella, también lo pretendía, era tan guapo que soñaba con tenerlo conmigo, claro que yo solo tenía 18 años, y mi padre quería entregarme de blanco. No sé porqué nadie en el pueblo lo hacía, de hecho habían quienes decían “Tan chiquita y ya se les quedó”, yo no pensaba así, yo quería que ese sacerdote fuera mi dueño, aunque estaba segura que no sería posible nunca dejé de soñar. Me enamoré perdidamente, pero en silencio, si mi padre se enteraba, lo mata o peor aún me mata a mí. Mi familia es de dinero, yo por supuesto soy la heredera de todo, así que le conviene a mi padre que me case, pero no fue así, yo decidí dedicar mi vida a Dios, y no porque yo en verdad creyera en Dios, mi familia no lo hacía, sino porque yo quería acercarme al sacerdote, y fue la única manera que se me ocurrió. Mi padre intentó convencerme de mil maneras para que le diera descendencia, pero yo me negué, y a los 18 años entré al seminario. 

viernes, 6 de julio de 2012

Mi largo sueño



Caminamos por el sendero que nuestra imaginación creaba, habían hermosas flores, y el canto de las aves acariciaba nuestros oídos. El Sol era brillante, y solo nos cubrían algunas ramas de los más bellos árboles. Hasta donde estábamos se lograba escuchar el sonido del río, no estaba demasiado lejano, lo que nos permitía disfrutarlo más.

Íbamos tomados de la mano, como siempre, era una experiencia maravillosa. La suavidad de tus dedos, tu calor que embriagaba mi cuerpo. Nos sentíamos seguros, completos, caminando por un camino sin gente. Hablábamos de cosas muy bellas, y reíamos en todo momento. Tenías la sonrisa más hermosa que yo he visto en toda mi vida, cuando me la mostrabas, sentía que mis rodillas se doblaban, amaba verte sonreír. Tu mirada tan coqueta pero tan tímida, eran cosas que no me permitían olvidarte, simplemente la mujer perfecta.

Como cada día, caminamos ese largo camino, platicando de diferentes cosas, algunas que te han sucedido a ti, otras a mí, pero sin jamás saber más allá de eso, pues nuestras vidas eran desconocidas aún para nosotros mismos. Terminando ese hermoso camino, llegábamos a las rocas, en donde el viento jugaba con nuestros cuerpos y nos envolvía en su canto. Recuerdo tu cabello jugar con él, a ti te molestaba, y a mí me fascinaba. Subimos por entre las rocas hasta llegar a la parte más alta, una vez allí, nos olvidábamos de todo y de todos, éramos solamente tú y yo, la colina, el mar, el viento, el cielo y las rocas. Qué maravilla, no se me ocurre una mejor manera de estar con la mujer a quien amo.

Era ya una costumbre despedirnos en ese lugar, al terminar el día, después de ver al Sol meterse, nos besábamos por largo rato, haciendo de mí, un títere del destino, enamorado de alguien que ni yo mismo estaba seguro de quién era. Cada quién iniciaba su camino, y nos perdíamos por entre las veredas. Y al día siguiente, nos volvíamos a ver, en ese camino lleno de flores, puntuales a la hora. Parecía que nos necesitáramos ya el uno al otro, como siempre yo llegaba primero, y la esperaba recargado sobre un árbol donde había pintado un corazón y donde escribí mi inicial, y dejé el espacio en blanco de ella, hasta saber con qué letra iniciaba su nombre.

Pero un día no fue como cualquiera, llegué muy puntual, la espere como cada día, y jamás llegó, me desesperé al sentir su ausencia, la busqué por todos lados “¿En dónde estás?, ¿Por qué me has dejado?” gritaba a todos los vientos. Corrí a la colina, busqué sus huellas, pero no estaba, recorrí cada centímetro del lugar, y no pude encontrarla, estaba seguro que iría, pero no fue así. Volví impaciente al árbol, prometí no marcharme de ahí hasta que volviera, pero cuando llegué a él, el corazón estaba acompletado “J” decía en la otra parte del corazón. ¿Una “J”? me decía yo sin entender nada ¿Qué quiere decir todo esto? Una “J” es todo lo que sé de ella.

Desde entonces, ella jamás volvió, y yo sigo velando cada sueño debajo de ese árbol, esperando a que ella regrese, a que vuelva a soñar conmigo.